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viernes, 16 de noviembre de 2012

Carlos Cañas, el artista salvadoreño por excelencia

"Por pintar la cúpula del Teatro Nacional cobramos como obreros"

Su reputación lo precede. Él mismo se ha llamado un francotirador. En siete décadas de carrera artística el sello característico de Carlos Cañas ha sido la franqueza con la que ha criticado a nivel intelectual y artístico las posturas políticas y las corrientes estéticas adoptadas por los demás pintores. Su espíritu de revolución permanente lo instó a romper con las formas tradicionales de la pintura y a reclamar mayor autenticidad en lo que se producía.
"Mi ropa, como me he encogido, no me queda. Me voy a poner una chaqueta y un pantalón; y las corbatas las he tirado, ya no quiero verlas... Si me dicen que no entre, pues no entro", nos decía Carlos Cañas, entre risas, días antes de la ceremonia de entrega del Premio Nacional de Cultura en Casa Presidencial. Nunca le ha preocupado mucho el protocolo, y es reconocido como un irreverente quejumbroso, algunos le dan la razón y otros lo cuestionan. Él habla de esto en tono de broma mientras descansa de espaldas a los enormes ventanales de su estudio en las alturas de la colonia Escalón que le dan una vista panorámica de San Salvador.

El pintor Carlos Cañas rodeado de gran parte de su obra en su estudio en la Colonia Escalón de San Salvador.
El pintor Carlos Cañas rodeado de gran parte de su obra en su estudio en la Colonia Escalón de San Salvador.

Nunca le ha temido a meterse en problemas por su quejas hacia un Estado al que acusa de no haberle dado el lugar que se merece y que lo ha invisibilizado para la generación actual. Admite que sus energías han mermado y que el paso de los años lo han consumido. Pero parece que quejarse le resulta terapéutico, porque lleva 70 de sus 88 años pintando, enseñando y reinventándose. Ama lo que hace pero ofrece un consejo a los jóvenes: Yo le recomiendo a quien quiere pintar que lo piense bien.
Por la cantidad de cuadros que adornan las paredes de su casa, desde la entrada, se podría decir que Cañas es su propio coleccionista. Los que no lograron un espacio en las paredes hacen fila contra una de las paredes del estudio. Calcula que ha vendido 300 lienzos en 7 décadas de trabajar del arte. "Sufro al ver tantos cuadros almacenados", y ver esta acumulación es la que lo ha hecho sentir invisible afuera de su estudio: "Ahora ya nadie me conoce".
Sobre la mesa de dibujo de este maestro de las artes plásticas en El Salvador yace un libro de pasta roja con su nombre en letras negras. “Me lo hizo como regalo un amigo”, agrega, mientras hojea 22 poemas de su autoría que recogen su curiosidad y breve paso por la lírica. Abandonó la poesía al llegar a Madrid con un beca del gobierno español, razón por la que se llama a sí mismo la antítesis del poeta español Rafael Alberti, que inició pintando pero se consagró como poeta. Ya en sus versos se puede dilucidar su relación con las formas, nada extraño ya que antes de la beca estudiaba en la Escuela Nacional de Artes Gráficas de El Salvador. 
Cañas tiene 88 años. Las bolsas que cuelgan de sus ojos, la audición disminuida y el genio inconforme delatan su cansancio. Pero en las últimas semanas su rutina ha dado un giro: El 7 de septiembre le notificaron que ha llegado su turno de ser reconocido con el Premio Nacional de Cultura, el máximo galardón que un artista salvadoreño puede recibir del Estado. Ha concedido entrevistas, participado en homenajes y ha supervisado el montaje de la exposición retrospectiva que la Secretaría de Cultura ha montado en su honor. Y lo disfruta.
De los 88 años que tiene, 70 han estado dedicados a la vida artística. ¿Cómo ha sido este viaje?
Por un lado, interesante. Pero que ello me haya abierto puertas para ciertas cosas, no. Lo que tengo me lo he ganado por el impulso de otra naturaleza. Para mí la vida ha sido muy dura, durísima, y mi familia no lo ha sentido mucho porque me preocupé de que no sintieran mi aburrimiento de estar en la misma cosa toda la vida. Pero he sido feliz en los momento que he tenido las exposiciones y a veces ni he podido hablar por la emoción de los aplausos, pero eso es nada más un aliento.
¿Cómo logró superar ese aburrimiento?
Uno sigue porque cree en esos principios que le enseñaban a uno en las clases de Moral y Cívica en 5º grado. En la escuela nos hablaban que la patria era lo importante, que el hombre debía de trabajar para generar valores a la patria… Entonces en la cabeza tenía tan metida esa idea que pensamos que lo que hacíamos no era para poder hacer dinero, sino para hacer gloria a la patria. Pero en el fondo, con el paso del tiempo, nos dijimos ¿y qué nos ha dado la patria a nosotros? De vez en cuando nos ha dado algo, pero no siempre. Ni siquiera nos pagan bien las clases de pintura, ni los puestos. Pero ya tenemos el oficio y tenemos que seguir trabajando, y tenemos que estar contentos. Hay días que no estamos contentos cuando trabajamos, pero los cuadros nos ponen contentos. Es un trabajo duro.
A pesar de sus quejas, usted mismo ha expresado que es positivo que ahora haya más jóvenes que se dediquen a pintar. 
Yo le recomiendo a quien quiere pintar que lo piense bien. Hay muchachos que se interesan porque han oído que ha habido pintores casi millonarios, como que se vende un Van Gogh en 80 millones, y esas son cosas que han sucedido, pero no son todos. En todos los países hay cientos de pintores y no todos andan buscando ni 40, ni 10 ni 3 millones por un cuadro. Andan buscando centavos y esos centavos se les niegan. Hace poco me llamó alguien y me preguntó si yo podía vender mis grabados en 25 dólares. Y le digo, “usted está loco o yo estoy sordo”. Un grabado de esos no me cuesta a mí 25 dólares hacerlo. Yo no estoy cobrando porque me cuesten caros los materiales para una obra, estoy cobrando por el valor artístico de cada cosa.
Ya en otras entrevistas había demostrado su descontento por esto e incluso llegó a considerar quemar sus cuadros. ¿Sirve el premio nacional de cultura en algo para quitar esa opción de la mesa?
Yo sufro al ver tantos de mis cuadros almacenados y cuando viene cierta gente que le interesa ver mi casa, los mueven y los golpean y sufro mucho. El día que me toque desaparecer, lo cual es inevitable, ya verán aquí qué hacen y a cuánto los venden. Pero en fin, eso también es una felicidad al revés. Es decir, vivimos en un mundo al revés, como decía el poeta español José Agustín Goytisolo. Lógico, si vemos al revés los problemas todo es magnífico.
Mencionó a Van Gogh, cuya obra no fue reconocida sino hasta después de su muerte ¿Pensaba que a usted le pasaría algo así cuando insiste en afirmar “hoy a mí nadie me conoce”?
Eso suele pasar, pasa mucho. Aquí hay compañeros míos que han muerto solos y sin darse cuenta de lo que vale su trabajo, pero que han creído que eso tiene un valor. Vivimos en un país que queremos y amamos, pero hoy vamos a pensarlo todo al revés para encontrar el buen camino de las cosas, porque si lo pensamos derecho sufrimos mucho, demasiado.
Ahora que el jurado ha consignado en el acta que no hay nadie mejor que Carlos Cañas en este momento para recibir el Premio Nacional de Cultura, el gobierno dice que por fin se ha hecho justicia. Usted mismo expresó que “ya era hora”...
Mi gobierno, hasta esta fecha, y debo tener mucho cuidado en lo que voy a decir, no me ha dado nada. Cuando vinieron a mi casa todavía no lo creía. Todos los jurados hablaron bien. Había jurados de todo tipo, gente de clase social diferente, pero todos pensaron en darme a mí el premio. La vida de un artista es dura, aunque el artista tenga ingresos económicos, también es dura.
Usted es de los pocos artistas salvadoreños que han logrado exhibir su trabajo en murales públicos en lugares históricos, en otros países eso se considera un reconocimiento y un privilegio reservado para los grandes.
He hecho varios murales, pero me han pagado una miseria. Por el mural que me destruyeron de la Caja de Crédito Rural me pagaron 10 mil colones, pero solo en material gastamos 8 mil colones, más el pago de los obreros... A mí me quedaron debiendo mil para hacer lo que quería. Lo mismo pasó con el mural del Teatro Nacional. Yo estaba cobrando 50 mil colones, y había que comprar los materiales y pagar a la gente que me iba a ayudar. Sherwin Williams nos regaló la pintura y con esos 50 mil compré lo más realista posible. Cobramos como obreros. Fue un trabajo duro.

Carlos Cañas pintando la cúpula del Teatro Nacional. Foto cortesía Roberto Salomón
Carlos Cañas pintando la cúpula del Teatro Nacional. Foto cortesía Roberto Salomón

¿En qué radica, entonces, esa terquedad de seguir en un oficio duro y que además, según sus palabras, nadie reconoce?
Desde joven estuve rodeado de grandes: Salarrué, Alberto Guerra Trigueros, Padre Martínez, entre otros, entonces eso te producía placer, estar con los grandes, oír el consejo. Ellos aclaraban muchas cosas sobre lo que tú haces, lo que quieres hacer… te das cuenta de que no estás solo. Entonces no pensamos en dinero, pensamos en esa grandeza que pueden obtener a través de una actividad intelectual, espiritual o sensorial, arte, literatura, cine, economía, cualquier tipo de cosa, lo cual tiene que ir en beneficio de algo en lo cual nos sustentamos constantemente y el pueblo es parte de ese algo. Si no hay pueblo, ¿para quién vamos a hacer las cosas? Me da una alegría extraordinaria saber que en todos estos años he llegado a quienes he querido: el pueblo. Aunque no lo tenga al lado. Ellos saben, intuyen, y si ellos son felices ¿por qué no voy a ser feliz yo también?
Su carrera como pintor inicia con su viaje a España, que se extendió de 1951 a 1958. ¿Cuéntenos sobre el contacto con una sociedad que siempre ha tenido una actitud frente al artista muy diferente a la nuestra?
Yo ya me fui como en shock, primero porque ni siquiera tuve la suerte de que me becara el gobierno salvadoreño. Raúl Contreras, quien me quería mucho, me ayudó a conseguir la beca a través del gobierno de España. Llego con una conformación política. Sabía que eran la derecha y la izquierda, ya estaba tocado. Incluso me había tocado mi temporada en la cárcel por andar en manifestaciones durante el Martinato. Estando en España, a mi cabeza llegan recuerdos de Martínez, de Panchimalco, de haber visto esas escenas que pintaba Diego Rivera. Sabía que iba a aprender a callarme.
¿Cómo fue su vida allá?
Viví en el Colegio de Guadalupe. Si yo hubiera tenido lo que otros becarios en Europa tenían, con eso me hubiera hecho millonario... Me daban un equivalente a 50 dólares, poco a poco fui consiguiendo, no mucho, pero más. Al tercer año quería viajar a Francia y me consiguieron $75, y ya después, en 1958, me quería casar y con lo que me daban no me alcanzaba. Logré que me dieran $100 y con eso Carmen y yo nos pudimos casar. No he tenido mucha suerte en el sentido económico, pero sí he tenido suerte en cuanto que he logrado que la gente me quiera y me tenga cariño con lo poco que he podido darle. 
Supimos que antes de esta beca por poco se hace usted poeta...
Esa beca me salva de lo que yo estaba pensando. Trabajaba en la Corte de Cuentas cuando me llamaron para la beca. Mi preocupación era buscar qué estudiar de los libros, y ahí estaba siempre con chaqueta, corbata y borracho todos los sábados y domingos. Yo me llamo a mí mismo Rafael Alberti al revés: Alberti estaba estudiando pintura cuando él hace un poema y llega a manos de un poeta muy famoso. Abandona la pintura y empieza a escribir poemas. Yo empiezo escribiendo poemas y voy entrando a la pintura poco a poco, y al llegar allá dejo la poesía. Luego empecé a trabajar la prosa para escribir cosas relacionadas con la estética y con la historia.
De regreso, en 1958, ¿cómo logró irse abriendo espacios en El Salvador?
Al llegar aquí ya existía Bellas Artes. Ahí conseguí un empleo de profesor de dibujo. Pagaban 60 colones. Para ganar más dinero me dediqué a hacer escenografía para el teatro, entonces cobraba más. Con el gobierno hice una obra sobre El Quijote, de un director mexicano, y algunas cosas para ballet. El teatro se llenaba por ir a ver mis decorados. Luego ya trabajé más del arte, recibí el puesto verdadero del teatro, me pagaron un equivalente a 300 colones. Empecé a trabajar en la Universidad Nacional, siempre en el teatro, con un francés y me adecué a todo el sentido de la decoración, como en Francia, e hicimos unas obras magníficas, grandiosas. Después empiezo a trabajar en la universidad como profesor de dibujo, un dibujo especial que se le enseña al que va a ser arquitecto para que vaya desarrollando su creatividad. Me quedé hasta que se tomaron la universidad. Todo era un estado psicológico y emocionante, me permitía crear al mismo tiempo, y al mismo tiempo que creaba para los demás creaba para mí mismo. 
¿Cómo describiría las etapas de su trabajo?
Fue en 1972, con (el coronel Arturo Armando) Osorio y (Enrique) Mayorga Rivas, en un país con dudas políticas que se manifiesta a través de guerras, que empiezo a formar este pequeño mundo mío del arte. Las etapas se producen porque, como el proceso lleva tiempo, en un año puedes tener influencias, y esas influencias se dan cuando tú tienes parte de eso. Eso que encuentras ahí es lo que tú sigues. En mi caso Henri Matisse, Antonio Rodríguez Valdivieso, Pablo Picasso, y en la mezcla de ellos, en un sentido muy simple, hay algo que me mueve. Es de ir agarrando los elementos que determinen lo que el tiempo está pidiendo. Porque el producto de arte, el tipo que sea, debe reflejar el tiempo que está viviendo. No podía empezar con pintura clásica, aunque en ese tiempo era lo que se estaba produciendo globalmente.
Ahora, sobre su proceso creativo... Cuéntenos que pasa cuando Carlos Cañas se sienta frente a una canva en blanco.
No está pensado, aparentemente, pero está en una región que siempre está trabajando, aunque no haga nada. Es decir, pensar cómo deformo esa cosa para que cree un sistema estético agradable o bien desagradable, que tenga un sentido. Aquí la gente no quiere creer cuando les digo que hablo con los cuadros. Yo estoy sintiendo. No siempre será la mente lo que te determine. Es la conciencia de uno mismo que te dice que no es el momento para que uses ese color, y de repente tú te despiertas y ves que ese es el color que tienes que usar. Por ejemplo, si estoy pintando un cuadro a veces tengo en la paleta un color que por error lo he sacado, pero lo mantengo ahí. Y me dice esa voz interior: “bueno, es que ahí lo que necesita es ese color. Ahí lo tienes. Úsalo”. Me levanto en la noche y mancho ese pedazo de la tela y me voy a acostar. Al siguiente día digo sí, había razón en lo que había que hacer.
¿Cuál ha sido el período más largo que ha estado sin producir?
He llegado a 8 o 10 meses que los puedo recuperar en 3 meses que me pongo a dibujar con tinta china, témpera, pinceles. A veces hago al día, si es posible, 10 dibujos a blanco y negro, color. Al revisarlos, de ellos podemos sacar lo provechoso, pero tampoco destruyo lo que no me parece provechoso. 
A su criterio, ¿quiénes son los nombres que han marcado tendencia en la pintura salvadoreña?
Alberto Imery, quien dedicó su vida a la Escuela de Artes Gráficas y también daba clases de arquitectura. También Miguel Ortiz Villacorta y Salarrué. El grupo de pintores que nos hacíamos llamar los independientes. Y entre ellos estaban Camilo Minero y Luis Ángel Salinas, los pintores que nos oponíamos al grupo de la pintura académica de Valero Lecha. Todos en forma diferente buscábamos lo mismo: una pintura que fuera salvadoreña ¿Con qué elementos? Los que fuesen, pero una cosa que tuviera el poder y la fuerza de ser de El Salvador. Aunque también ser pintor cada uno mejor que el otro, je, je, je.